El masaje no es exclusivo de los atletas o personas con alto estrés; se convierte en una herramienta terapéutica invaluable y delicada para mejorar la calidad de vida de las personas mayores. El masaje geriátrico se adapta a las sensibilidades únicas de la tercera edad, abordando problemas como la circulación deficiente, la rigidez articular, el dolor crónico y el aislamiento social.
La técnica es fundamentalmente diferente. Requiere un toque más suave, lento y considerado para respetar la fragilidad de la piel (más delgada y menos elástica) y la posibilidad de osteoporosis o fragilidad capilar. Se evita la presión profunda y se enfatizan las maniobras de roce, compresión suave y movilización pasiva de las articulaciones.
Uno de los mayores beneficios es el impacto en el sistema circulatorio. Con la edad, la circulación se ralentiza, lo que puede llevar a pies fríos, edemas leves y una cicatrización más lenta. El masaje, especialmente en las extremidades inferiores, estimula el flujo sanguíneo y linfático, aliviando la pesadez y mejorando el aporte de oxígeno a los tejidos, lo cual es crucial para la salud de la piel y la prevención de úlceras por presión.
A nivel musculoesquelético, el masaje geriátrico combate la rigidez articular y el dolor asociado con la osteoartritis. Aunque no cura la condición, la manipulación suave alrededor de las articulaciones y los estiramientos pasivos mejoran la flexibilidad, alivian la tensión muscular de soporte y mantienen un rango de movimiento que es vital para la autonomía diaria.
Finalmente, el beneficio psicológico es incalculable. La terapia manual proporciona un sentido de contacto humano y conexión que a menudo se pierde en la vejez, combatiendo la soledad y la depresión. El tacto cariñoso estimula la liberación de oxitocina, mejorando el estado de ánimo y la calidad del sueño. Para el adulto mayor, el masaje es una terapia holística que toca el cuerpo, la mente y el espíritu.

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